Frente a la máquina

La contemplación artística nunca fue una disciplina fácil; al fin y al cabo, ni siquiera el arte se encuentra definido de forma convincente. Las más de las veces, nuestra experiencia se revela subjetiva e indescriptible, casi opaca; casi imposible de transmitir. Nuestros esfuerzos resultan ser, en esos casos, poco menos que aspavientos inútiles. Y, por qué no decirlo, algo ridículos. Frente a mi, en este caso, se encuentra un aparato difícil de describir: algo así como un cruce mutante entre estantería y obelisco. Su objetivo me es desconocido. Su efecto, sin embargo, es palpable: la sensación, innegable pero intangible, de Cn1kYGuW8AE4-iJ.jpg_largeenfrentarse a algo vivo.

 

Su actividad resulta, cuanto menos, interesante. Quince módulos cuadrados escupen luz y sonido de forma, (parece), aleatoria. O quizá no. Conforme pasa el tiempo, sus procesos parecen seguir un orden más o menos lógico. Como un patrón consciente. Pero las máquinas no poseen mente; o, al menos, eso es lo que hemos dictaminado.

 

 “La idea es que sea una pieza, no es un instrumento musical ni busca ser algo bonito, el concepto que yo siempre empleo es crudo, es un sistema crudo.” – Nestor Lizalde

 

De alguna manera, la máquina parece responderme. Luces y sonidos parecen cambiar según me muevo por la sala. La pregunta, entonces, se reduce a su percepción: ¿cómo, y de qué forma, me interpreta la máquina? ¿Cómo me ve? ¿Cómo me siente en el espacio?

 

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Un segundo paso consiste en analizar sus mecanismos de respuesta. ¿Cómo me responde? ¿Cuál es su lenguaje? Llegados a cierto punto, sin embargo, esas preguntas resultan estúpidas. Al fin y al cabo, ¿quién soy yo para darle sentido a la máquina? ¿Quién soy yo para definir su cometido?

 

Siguiendo por esa línea, podríamos preguntarnos: ¿es responsabilidad del ser humano darle sentido al mundo? Y si no lo es, ¿cuál es su cometido entonces?

 

 “Se genera de alguna manera una atmósfera alterada en donde tu subconsciente entiende que allí está sucediendo algo, una anomalía, que se refuerza por esta visión holográfica, que transciende lo que es el cuerpo físico de la pieza.” – Nestor Lizalde

 

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Bajo la mirada de Kubrick, todo es símbolo: el espacio, la guerra, el sexo, los humanos, la violencia, las naves espaciales; y, por supuesto, el monolito. A pesar de su simplicidad, el obelisco nos despierta una sensación incómoda, casi violenta. ¿Cuál es la razón de su existencia? ¿Cuál es su objetivo? ¿Qué tiene que ver con nosotros?

 

13936579_10154088486257740_1763792107_n2001 no se labró su fama a razón de ser fácilmente digerible; más bien al contrario. A lo largo de la cinta, muy pocas pistas señalan hacia la naturaleza del monolito: lo poco que se distingue es su relación con actividades como la contemplación, la comunicación, y el viaje interplanetario.

 

Sobre el Also sprach Zarathustra de Strauss, los movimientos sinfónicos cobran una naturaleza física: las naves espaciales flotan al compás de violines invisibles, los simios juegan con la percusión, y los humanos recorren las estrellas a la velocidad de órganos y alaridos. Y la luz; la luz es casi insoportable.

 

 

> “El trabajo en nuevos medios debería hablar de nuevos medios, igual que en la pintura sucede que ya no se dedica meramente a reproducir la naturaleza, sino que la pintura habla de pintura, habla de color, de materia, de trazado.” – Nestor Lizalde

 

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Mis intentos de controlar la respuesta de la máquina han resultado infructuosos. Su respuesta se modula según mi presencia, si, pero no es controlada por ella: su diálogo parece funcionar de manera independiente a mi existencia. Y sin embargo, no le resulta indiferente.

 

El siguiente paso, por lo tanto, consiste en desaparecer. Mantenerme inmóvil. A la espera. Plantarme, estático, frente a la máquina. Asimtumblr_n72mw0NsNq1sw4xhfo1_500ilar su discurso. Aceptar sus términos. El resultado es interesante: al principio, mi propuesta parece inútil. Sin embargo, la actividad de la máquina parece relajarse de forma progresiva.

Mis piernas se quejan. Debo llevar una media hora sentado, solo, en el centro de  la sala.

 

 

“Aunque el cerebro es digital y la electrónica, en parte, es digital, también tiene otras partes que son analógicas” – Nestor Lizalde

Días más tarde, converso con Nestor en su despacho. Sus descripciones se agolpan en mi cabeza: entidad autónoma, presencia, escultura, nuevos medios. Según Nestor, la luz responde al sonido, y el sonido responde al entorno; pero, curiosamente, también atiende a sí mismo. La luz genera resonancias, que alteran el sonido, lo que modifica de nuevo a la luz.

 

La máquina, en fin, es una mezcla de procesos físicos y electrónicos, matrices de sensores, retroalimentación, micrófonos, programación y sintetizadores granulares. A pesar de su complejidad, Nestor se opone a separar su obra del resto de la tradición artística. Según sus palabras, él siempre ha defendido la inscripción de los nuevos medios en los circuitos tradicionales: su colocación, en fin, junto a las expresiones pictóricas y escultóricas.

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Monolitos junto a cuadros; mutaciones frente a tradiciones. Para Nestor, los límites se emborronan. Para mi, sus ideas resultan loables, aunque quizá algo lejanas.

 

> “La electrónica y la computación tienen como posibilidades en el lenguaje artístico generar obras que no son una obra cerrada, que no son una obra que tiene una forma concreta sino que son una potencialidad, pueden ser muchas cosas.” – Nestor Lizalde

 

Tannhäuser nunca existió, a pesar de Roy Batty. Ningún Rayo-C pasó junto a su puerta; ni Orión fue testigo, ni entonces ni ahora, de ningún ataque militar sobre sus naves. El monólogo de Rutger Hauer a finales de Blade Runner, (modificado, según dicen, por el actor en persona), no fue más que una ilusión. Una mentira ficticia, sepultada bajo gotas de lluvia y luces de neón.

 

13936978_10154088480857740_2120234245_nY sin embargo, esas pocas frases nos resultan a muchos el punto más álgido de la película: su condición irreal es, precisamente, lo que nos permite regocijarnos en su lejanía. La promesa del replicante es la de páramos lejanos e inalcanzables; tanto así, que ni siquiera dan lugar a la esperanza.

 

Y quizá es esa la razón de que nos resulten tan absurdamente sobrecogedoras: la imposibilidad de alcanzarlas nos incita a considerarlas, a visitarlas bajo el  13936910_10154088480877740_81476105_nmanto de la ficción y la imaginación subjetivas. Ninguna representación gráfica de semejantes hazañas sería capaz de alcanzar la grandeza de nuestros sueños.

> “Es una pieza totalmente mutante, está generando constantemente un directo, un directo permanente.” – Nestor Lizalde

 

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Mientras abandono la sala, el ruido y la luz me acompañan. Yo me marcho del espacio, pero la máquina sigue; al menos, hasta que alguien la desmonte. Las puertas se cierran, pero unos cuantos destellos se cuelan entre las grietas. Como si me persiguiesen. Como si, al irme, me llevase algo. O, peor aún; como si algo mío se quedase allí, atrapado, preso de mis ficciones, encerrado frente a la máquina. No me atrevo a volver.

 

 

 

 

FERNANDO PALACIOS

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