ojos como espejos

 

Cuando se escribe –con palabras, con imágenes, con sonidos o de cualquier forma que se escriba– se escribe sobre la única cosa sobre la que se es capaz de escribir. La combinación de signos varía, adopta diversas formas e intenciones, incluso puede emprender una huida y tratar de evitar la imposición temática, única, que existe (de forma más o menos secreta) en el autor. Pero, en última instancia, se escribe sobre la única cosa sobre la que se es capaz de escribir. Más tarde, quien lee, lee sobre la única cosa sobre la que es capaz de leer. Puede existir un punto en el que ambos caminos, feliz coincidencia, se encuentran, pero esto, imagino, es lo menos importante de todo el proceso.
 La única cosa sobre la que soy capaz de escribir es un vacío. La palabra vacío, releída, me evoca sentidos metafóricos diversos y dispersos, pero ha sido escrita con la intención menos metafórica que me era posible: la única cosa sobre la que soy capaz de escribir es un vacío. Las líneas, los bordes de cada píxel, se encuentran y se conectan, trazando y coloreando todo un mundo en el que soy yo. Y en su centro, en negativo, trazan el borde de un vacío, el molde de un mundo en el que no soy, un espacio al que no puedo mirar, porque no me devuelve la mirada.
 

“Porque la poesía no va a captar lo que ya tiene ‘número, peso y medida’. No va, como la filosofía, a descubrir las leyes del ‘cálculo según el cual Dios hizo el mundo’, las leyes de la creación, sino que va a encontrar el número, peso y medida que corresponde a lo que todavía no lo tiene. Y por eso es padecimiento y sacrificio. Es creación, en suma. Y por eso es inspiración, llamada, ímpetu divino. Y justicia caritativa; ocasión tendida hacia lo que no logró ser, para que al fin sea. Continuidad de la creación.” (María Zambrano, Filosofía y poesía)

Muchas veces he intentado inventar un nuevo mundo para cubrir ese mundo vacío, para ocultar su inaccesibilidad. He intentado escribir el número, peso y medida de cosas que existen encima lo que, para mí, no existe. He intentado rellenar ese molde del mundo en el que no soy con la escayola de lo que soy, esperando satisfacerme con poder mirar a unos ojos blanquecinos. Por supuesto, siempre he fracasado (o he dado con victorias frágiles y huecas): la única cosa sobre la que soy capaz de escribir es un vacío.
Improvisar estos vídeos me ha llevado por otro camino que, si bien tampoco conduce a nada, hace que me reconcilie con el proceso de no definición del vacío. Al conectar unos clips con otros sin espacio para la reflexión, me leo al mismo tiempo que me escribo; veo mi mirada con ojos como espejos y, en ella, cada trazo del mundo en el que soy yo, hasta llegar al borde y verlo más cerca que nunca. Más allá no hay nada para mí, pero, mientras los píxeles se estresan y se confunden, en el momento en el que la imagen parece deshacerse, puedo divertirme con la inane sensación que el límite frente a mí podría quebrarse igualmente.

 

Luis García Luque

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